Bonsái, una práctica
ancestral originaria de Asia, es mucho más que el simple cultivo de árboles en
miniatura es una forma de arte viva que combina principio de horticultura,
estética y filosofía la palabra bonsái se traduce literalmente como “árbol en
maceta” (bon, significa bandeja o maceta, y sai, significa árbol o planta). Lo que
encapsula la esencia de esta diciplina, crear una representación miniaturizada
y armoniosa de un árbol maduro en su entorno natural, todo dentro de un
recipiente.
Pero la traducción
literal no alcanza para definir su espíritu. Podríamos decir que un bonsái es
un árbol o un arbusto en miniatura, la forma estilizada de un árbol silvestre,
una planta que soporto los embastes del viento y las lluvias, crece entre las
rocas y fue adaptando sus raíces en búsquedas de los nutrientes que necesita
para sobre vivir.
Para quienes
desconocen el arte del bonsái, los preconceptos están a la orden del día:
algunos creen que es un árbol mutilado y hambriento, mientras otros piensan que
es el fruto de extrañas manipulaciones genéticas. Pero por suerte, son muchos
más los hombres que ven el bonsái una verdadera obra de arte. De las
disciplinas artísticas, la que más se acerca al bonsái es la pintura de
paisajes: el deseo de reproducir la naturaleza en miniatura.
Como en el resto de las artes visuales, la composición la proporción, la
profundidad, el color y la textura juegan un importante papel: pero la
diferencia con el resto radica en el bonsái es una escritura viva, una obra de
arte dinámica en continua evolución.
El espíritu del
arte del bonsái: el bonsái, debe expresar la personalidad y el carácter de
quien lo ha cultivado. No existen semillas de bonsái, ni es el resultado de una
mutación genética, es el fruto de un prolongado y paciente trabajo que se
extiende a lo largo de la vida de la planta, aún más allá de la vida de quien
lo cuida.
Historia y Orígenes:
aunque a menudo se asocia con Japón, el bonsái tiene sus raíces en China, donde
se conocía como “penjing” o “penzai” hace más de mil años. Los monjes taoístas fueron
pioneros en esta práctica, creando paisajes en miniaturas que simbolizaban la armonía
entre el cielo y la tierra. Durante el periodo Heian (794- 1185) la práctica
llegó a Japón, donde evolucionó y se perfeccionó hasta convertirse en la forma
de arte que conocemos hoy. Los japoneses refinaron las técnicas, enfatizando la
simplicidad, el equilibrio y la expresión de la edad y la sabiduría del árbol.

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